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Postre de notas / El
celubobo
Estimado lector: la siguiente columna
exige franqueza como requisito indispensable.
Si está decidido a responder con
sinceridad las preguntas que voy a plantearle, bienvenido. De lo contrario, le
sugiero que salte a otra sección de la revista o que repase El Quijote.
1) ¿Suele leer diarios o revistas en
el baño (usted sabe de qué le estoy hablando)?
2) ¿Ha trabajado alguna vez en el
computador mientras se encontraba en el baño?
3) ¿Ha enviado mensajes telefónicos
de pantalla desde el baño?
4) ¿Suele hablar por el celular
mientras se encuentra en el baño?
En agosto pasado, un juez se enteró
de que la abogada que llevaba un pleito ante su despacho en Carolina del Norte
(Estados Unidos) había llamado desde la intimidad de su baño a impartir ciertas
instrucciones, o algo parecido. Indignado por lo que le parecía un irrespeto
con la dignidad de la Justicia, la expulsó del caso.
Corolario: no hable de negocios
mientras está ocupado en los prosaicos menesteres del retrete. No solo
constituye grave falta de educación, sino que podría incluso perder el puesto.
Mucho arriesga el empleado que responde una llamada del jefe desde aquel
habitáculo (nunca mejor dicho):
- Perdone, Ramírez: ¿qué es ese ruido
tan extraño que acabo de oír?
- Debe de ser que va a llover,
doctor.
A lo cual el doctor contesta,
revelando tácitamente que telefonea desde el mismo sitio:
- No, Ramírez, me pregunto si fui yo
o fue usted...
Hace poco el New York Times publicó
una columna sobre los nuevos protocolos de comunicación y su consejo fue:
"No tires de la cadena mientras estés hablando por el celular".
¡El New York Times! Como ven, no se
trata de tonterías. Y es que el celular y otros inventos parecidos están
cambiando todo, hasta las normas de tráfico. Según reciente investigación, las
personas que hablan por el teléfono móvil mientras manejan han causado cerca de
16.000 muertos desde el 2001 en accidentes de carro en Estados Unidos. Otro
estudio averiguó por qué es tan molesto percibir a alguien que habla por el
celular. "Escuchar un solo lado de la conversación perturba mucho más que
oírlos ambos", dice la doctora Lauren Emberson. El cerebro está
acostumbrado a desoír diálogos ajenos, pero se inquieta cuando le toca imaginar
la otra mitad de una charla.
A mi juicio, lo peor son los
celubobos, aquellos lelos que van distraídos hablando por la calle, en
actividades colectivas o en espectáculos públicos. ¿No los han visto ustedes
culebreando sin sentido por las aceras, conversando a gritos con otro idiota
que viaja a su lado en el bus, buscando a tientas el impertinente timbre en la
oscuridad de la sala de cine?
Son desesperantes los peatones
celubobos. Atraviesan avenidas sin atender el semáforo, porque no son capaces
de oír y ver al mismo tiempo, o se detienen bruscamente en el andén sin prestar
atención a alguien que viene detrás. Yo vi a un celubobo mortalmente herido
bajo las ruedas de cochecito infantil cuando frenó sin aviso previo. El
celubobo ríe en los entierros, grita en el estadio durante el minuto de
silencio y llama desde el avión a decir, como un idiota, "¡Ya
llegué!".
Capítulo aparte merece el celubobo
que usa celular de manos libres. Cuando uno ve que va por ahí hablando solo,
piensa que se trata de un loco. Pero es mucho más grave: se trata de un tipo
que alguna vez fue normal, que leyó el diario en el baño, y ahora, por culpa de
los rayos que emite el celular, ha sufrido una alteración cerebral que lo lleva
a comportarse como un lunático. Pronto llamará al jefe cuando esté sentado en
el w.c., tirará de la cadena y lo echarán del puesto.
Por Daniel Samper Pizano


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